Rebeldía eléctrica

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Schönau compró su red de suministro eléctrico para consumir solo energías renovables, un ejemplo seguido por muchas otras localidades del país. Incluso Berlín sometió el año pasado a consulta una decisión similar.

El sol se refleja en el tejado de la iglesia evangélica de Schönau (Alemania). La llamada vidriera de la creación brilla. Peter Hasenbrink, párroco de esta ciudad de 2.523 habitantes en la Selva Negra, se muestra orgulloso del tejado del templo que “ha vuelto a hermanar a todos”. Se trata de una gran estructura de placas solares, sobrepuesta de forma armónica sobre la cubierta. “Durante años aquí hubo un pueblo dividido por la energía, esto es la prueba de que se ha superado”. Hasenbrick no disimula su orgullo cuando le preguntan por la instalación, que aporta kilovatios ‘verdes’ a la ciudad. “Si en un pueblo conservador como es éste, pudimos deshacernos de los monopolios”, explica la portavoz de Elektrizitatswerke Schönau (EWS), Eva Stegen, “la revolución se puede llevar a todos sitios”.

Captura de pantalla 2017-10-22 a las 3.02.31Schönau pasó una década luchando por comprar su propia red de abastecimiento, hasta que lo logró en 1997. Es un pueblo de 15 kilómetros cuadrados de extensión que consume 18.670 megavatios hora (MWh) al año. Todo empezó en 1991, cuando tocó renovar con la empresa que les suministraba energía. KWR, una compañía que no garantizaba el suministro limpio, ofreció 100.000 marcos (unos 54.000 euros) al Ayuntamiento a cambio de prolongar su contrato 20 años. Aquello disparó la maquinaria. También pesó el accidente de la central nuclear de Chernóbil, ocurrido en 1986. Michael Sladek, médico de profesión y su mujer Ursula, que habían fundado ‘Padres por un futuro no nuclear’, lideraron la rebelión: los vecinos querían garantizar el suministro de energía verde. El precio a pagar fue de más de un millón de euros.

En el país de Merkel hay casi mil cooperativas que generan su propia energía y cientos de pueblos que se autoabastacen

EWS nació en 1994. Su oferta de compra de la red se debatió y votó en sede municipal y fue la pregunta de sendos referendos. Para convencer a los vecinos se inició una enorme campaña de información. Hornearon panes de jengibre en forma de corazón con un ‘sí’ enorme en medio y los repartieron entre los habitantes de Schönau. Los miembros de la cooperativa explicaban, puerta por puerta, qué ‘estaba en juego’, montaban charlas con médicos y tenderetes de información con música regional y canciones adaptadas al discurso rebelde. Cuando en 1998 en Alemania la propiedad de la red y del suministro comenzó a operarse de forma separada, Schönau se convirtió en el primer proveedor de energía limpia que abastece a particulares en Alemania. Ahora las compañías son cuatro: EWS, Greenpeace Energy, Naturstrom y Lichtblick. EWS lleva hoy gas a 8.600 hogares y energía eléctrica a 145.000.

En el país de Merkel hay casi mil cooperativas que generan su propia energía, como Schönau, y cientos de pueblos que se autoabastacen, y que incluso gestionan su red, según cifras de EWS. Este es un movimiento que va a más. Se prevé que los stromrebellen aumenten hasta 10.000 en una década. Ocho millones de ciudadanos en el país producen luz con placas solares. Según la agencia por las energías renovables (Agentur für Erneuerbare Energien), la mitad de la energía limpia que se produce –53 gigavatios (GW)– está en manos de particulares y el 11% de ganaderos, que construyen plantas de biogás alimentadas con purines y restos de madera y cereal. Los grandes consorcios energéticos solo poseen el 5% de las instalaciones. “Esto evidencia que los ciudadanos pueden tomar parte activa en el crecimiento de las renovables”, explica Eva Stegen de EWS.

Alemania es líder europeo en producción solar y eólica y el plan del Ejecutivo, la gran coalición del SPD y la CDU, es llevar a cabo una transición energética modélica. En el primer semestre de 2012, según el Instituto Fraunhofer, el país generó un 25,1% de energía verde. El 9,2% era eólica, el 6,6% biogás, solar el 5,3%, y solo un 4% procedía del mar. Tras Fukushima, la energía nuclear no está en la agenda de la canciller Angela Merkel (CDU). La polémica ahora es el carbón. Desde 1972, y según cifras de Green Budget Germany, la hulla ha sido la fuente que más subsidios ha recibido del Gobierno alemán, seguida por la nuclear. La energía ‘verde’ solo percibe del Estado el 9,5% de las ayudas.

El año pasado Berlín intentó hacer lo mismo que Schönau, pues el contrato con la empresa que posee la red eléctrica vence en 2014. Se sometió a consulta y, por muy poco, no se alcanzó quórum

Es el momento de la reconversión energética y los alemanes lo tienen claro: el 90% de los ciudadanos apoya la transición. El objetivo nacional para 2030 en materia de renovables es disminuir el 55% de los gases de efecto invernadero y garantizar que la mitad del consumo eléctrico se base en energías limpias. Esta cifra subiría al 80% en 2050. Para acelerar la transición, algunos ciudadanos plantean, como el pueblo de Shönau, comprar la red eléctrica. Es el objetivo de la plataforma ciudadana berlinesa BürgerEnergie Berlin (BEB) que pide que el 100% del suministro sea ‘verde’ en 2050. “Se debe cambiar la infraestructura, la red actual no vale. Los objetivos no van a cumplirse”, declara Beya Stickel, miembro de BEB.

EWS tiene estructura de cooperativa; y cuenta con 3.000 miembros y 21 millones de euros de capital. Generan en Schönau el 52% de la producción de la red de la empresa; con un aerogenerador, once plantas de energía hidráulica, 119 de energía solar y 18 cogeneradores. El resto se importa, pero siempre solicitando solo lo que va a consumirse y garantizando que, venga de donde venga –importan mareomotriz de Noruega–, únicamente sea energía limpia.

Tener la red en propiedad (que no implica desconectarse de la red general) no es aquí la única vía para la independencia energética. Muchas localidades optan por comprar, como cooperativa, un porcentaje del suministro. Titisee-Neustadt, Stuttgart, Rheinhessen o Schwäbisch Hall trabajan, con la ayuda de Schönau, para “municipalizar sus redes”, o sea, que el gobierno local compre una parte de la red y garantice que ese justo porcentaje sea solo suministro ‘verde’. “La gente vio el documentalEl espíritu de Schönau”, relata Eva Stegen, “y estaban emocionados, querían hacer esto en Friburgo y fundaron una sociedad. No pudieron comprar la red pero ahora el movimiento es mucho más fuerte y se ha contagiado a regiones de alrededor”.

Friburgo es conocida en Alemania como la capital más ecologista de todo el país. De allí es Beya Stickel de BEB. “Friburgo es muy conservadora, pero tiene una población muy activa”, cuenta, “creen en la sostenibilidad y la responsabilidad. Nos implicamos”. Stikel menciona que tiene “hijos y nietos” y que eso le hace estar fuertemente comprometida con “las iniciativas energéticas”. Stuttgart es otro caso de iniciativa rebelde. La ciudad dio un gran paso en favor de la transición energética. Pero no fue gracias a las cooperativas de vecinos sino al propio gobierno local, que compró la red eléctrica y fundó una empresa pública de suministros.

Ursula Sladek, la ‘madre’ del proyecto de Schönau, fue galardonada en 2011 con el premio Goldman. Los defensores de las renovables consideran que esta localidad es un éxito ecológico y económico, “pues los costes de la energía son competitivos y el servicio es seguro”. EWS asegura que “excepto algún episodio menor” el suministro siempre ha funcionado. Este fue, precisamente, uno de los miedos que paralizó a la localidad en todas las votaciones y el arma arrojadiza de la empresa contra la que competían.

La mitad de la energía limpia que se produce en Alemania –53 gigavatios (GW)– está en manos de particulares

El año pasado Berlín intentó hacer lo mismo que Schönau, pues el contrato con la empresa que posee la red eléctrica vence en 2014. El Gobierno municipal quería comprarla, hacerla pública y aumentar el suministro de energía limpia. Se sometió a consulta y, por muy poco, no se alcanzó quórum. Bernhard Siegel, trabajador de BürgerEnergie Berlin, hace una lectura muy positiva de aquella votación. “La abstención fue alta. Y 600.000 berlineses dijeron con su papeleta que el cambio de política energética importa”. BürgerEnergie se ha registrado como empresa privada, donde cada miembro tiene un voto y debe aportar un capital mínimo de 500 euros. En este punto, no está claro cuánto vale la red de suministro de Berlín. Siegel explica: “Se dice que 2,3 millones pero hay informes que la valoran hasta en 400 millones de euros”.

En la consulta de Berlín, Nikolai Ziegler, votó en contra. “Debo ser el único de mi barrio que lo hizo, pues allí ganó el ‘sí’ con el 99% de los votos”, dice sin disimular su rechazo a estas iniciativas ciudadanas. Ziegler es economista y trabaja para el gobierno estatal. En su vida privada, coordina la iniciativa Vernunkraft, literalmente ‘energía con cabeza’. “Si el suministro estuviera en manos de la gente”, explica este berlinés, “yo me vería forzado a ser parte de eso, de sus experimentos, sin quererlo”. “Si yo viviera en Schönau”, reflexiona, “¿cuál sería el beneficio de contratar el servicio de esta gente? ”, añade resoplando.

La postura de Ziegler representa bien la otra cara de la moneda. Para él, “la transición energética puede hacerse sin rebeldía”. “La autarquía es el camino hacia la pobreza”, se queja, “no estamos aquí para hacer realidad la fantasía de nadie, ni para dejar la responsabilidad de la red eléctrica en manos de hippies”. Pocos temas son tan polémicos en Alemania y ocupan tanto espacio en la prensa como la transición energética. Muchos rechazan la energía verde porque “es impredecible”, y por tanto no es ni eficaz ni barata. “Es un placebo, solo los ignorantes defienden su eficacia”, asegura. “Los que desconfían de las grandes empresas especializadas en energía están desconfiando del sistema, que lleva funcionando décadas”. Su tono de voz cambia cuando se le explica que en Schönau también lleva décadas funcionando un sistema de energía limpia, “la gente que está al frente de estas compañías ‘verdes’ es ignorante, o es lista porque lo hace por los subsidios”.

Para el joven Bernhard Siegel esta mentalidad es “arcaica”. “Los hogares confían en las empresas de toda la vida y éstas están empezando a incluir suministros de energías limpias, pero solo es una fachada, una cuota ‘verde’”. Para BürgerEnergie Berlin, la prioridad es cambiar la red desde abajo, que no se reciba ni una pizca de energía de no renovables. “Que haya muchas fuentes que producen energía limpia y puedan abastecer a Berlín”. “No depender de una gran fuente a miles de kilómetros, sino de muchas pequeñas”. El recorrido de la energía también es objeto de polémica en el país. Cada poco tiempo se convocan consultas populares sobre el trazado de las autopistas energéticas, que recorrerían Alemania de Norte a Sur para transportar la energía eólica que se produce en el Mar del Norte. En el sur se concentra la industria pesada, que necesitaría de esta energía, pero ningún pueblo quiere alojar un tramo.

El alcalde de Teningen, Heinz Rudolf Hagenacker (CDU), fue político en Schönau cuando se votaba la viabilidad de la propuesta ciudadana. “Realmente, la compra de la red fue positiva para la ciudad y el Ayuntamiento”. No estaban solos, todo el país les vigilaba. Una de las agencias de publicidad más grandes de Alemania trabajó para ellos de forma altruista. Un banco de Bochum, el GLS, financió parte del proyecto, el resto vino por donativos. Los de Schönau pasaron meses de gira buscando apoyos. Vendiendo camisetas, dando conciertos de folk y organizando seminarios sobre la energía nuclear en su ciudad. Los debates generaban interés. Los invitados eran cada año más interesantes. La Alemania antinuclear de los noventa miraba hacia Schönau y veían en la derrota, la suya propia. La del siglo XXI mira a Schönau y ve en su triunfo, una victoria alcanzable.

Este artículo fue publicado en Ballena Blanca, en la edición impresa y aquí en la digital.

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