‘El cuento de la charca y el mar’ o por qué soy autónoma

FullSizeRender¿Si te dieran a elegir entre nadar en una charca de agua estancada o un mar lleno de olas, con qué te quedarías?

Me habían educado, marcado a fuego, que la charca era la mejor (y única) opción. Que era navegable, que el agua permanecía estable a largo plazo, clara la mayor parte del tiempo. Que con algo de esfuerzo y suerte me construiría una casita justo en el medio y que tendría perros, hijos rubios y una lancha motora (no necesariamente por este orden). Pero no fue así.

Durante muchos años me agarré con uñas y dientes a los juncos, segura de que no había más escenario que ese. Chapoteando en agua estancada con un master, tres idiomas y experiencia en varios sectores fuera y dentro de España. convenciéndome de que era cuestión de tiempo alcanzar la calma, mientras maldecía a todos mis jefes por no haberme dado el sitio que yo creía merecer.

No elegí salir y echarme a la mar, la charca acabó expulsándome y aterricé en medio del mar donde me di cuenta de que poco importaban mis títulos para el nuevo master que estaba a punto de empezar.

‘La vida solo fluye si la dejas fluir’.

  • ¿Número de créditos? Por determinar.
  • ¿Fecha de finalización? La práctica es constante y el camino infinito.
  • ¿Requisitos? Ir aprobando, minuto a minuto, las asignaturas de coherencia, confianza (todo y todos pasan para algo), pasión, humildad, compasión y desapego.

El primer material con el que me hice fue con una tabla y un neopreno. Esto no es metáfora: cuando el verano de 2016 acabó por derrumbarse el mundo tal como lo tenía montado, lo único que me apeteció en la vida fue aprender a hacer surf en el Cantábrico, en Donosti, un sitio que me marcó desde la infancia. En el surf veía el equilibrio, la fuerza, la paciencia, el contacto con la naturaleza y valorar las experiencias breves como momentos únicos. Que pasan. Como todo lo bueno, pasa para que llegue otra nueva ola. En algún momento. Cuando quiera. Cuando toque. Cuando tenga que ser.

Y experimentarlo me puso en el camino para todo lo que vino después.

El surf, como el yoga, como la meditación, como la vida, es una disciplina que cuesta dominar, pero que te enfrenta a ti misma, sola, y te conecta, te obliga a ser más consciente, más paciente, a fuerza de practicar. Y todas estas virtudes están dentro del curriculum de ese título mencionado. Son necesarias siempre, supongo, pero para mí están siendo un ‘work in progress’ para moverme, apostar, centrarme, pensar temas, acertar, contar buenas historias… Y, bueno, en definitiva, saber qué quiero hacer y cómo puedo ayudar a mejorar el mundo con las virtudes o herramientas con las que nací y que fui mejorando.

Tener miedo todo el rato

Es frecuente, a mí me pasó y aún me pasa, tener miedo todo el rato. Y parece un cuento chino o autoayuda barata cuando te aconsejan que solo cuando sueltas el miedo puedes empezar a ver la luz. Es curioso que ese cuento chino no lo creamos, pero sí la ilusión de la charca. ¿Cómo no tener miedo de la facturación, de perder clientes, de no acertar con los temas que escribes, de perder dinero, de no poder pagar el alquiler, de las multas de Hacienda? ¿Cómo no morirse de miedo por intentar, con 33, volver a una profesión que habías dejado aparcada? ¿Cómo no tener miedo de irte de vacaciones una semana y que se dé, a la vez, todo lo anterior?

Pues, fue. Pasó. Resulta que cuando se experimenta, sufre y finalmente se digiere y expulsa el miedo, fluye hasta el agua de la charca. No estoy aquí para dar consejos sino para explicar que yo, después de mucho tiempo (y algunos males menores y mayores) me convertí en el miedo (sin saberlo) y cuando lo dejé ir, empezó a fluir el agua. Clara, limpia, y calma. Llegó el dinero, las oportunidades y la aventura.

Entender cuál es tu hábitat y dominarlo

Hoy sé que, aunque me empeñase en tener lo normal, lo que todos ansían, lo que toca, lo que ‘merezco’, la charca no era mi medio natural. Permanecer en el sitio que ‘todos creían que era para mí’, lejos de desembocar en un río, desembocó en rabia, impotencia, frustración y miedo constante. Y ninguna de esas herramientas pueden servir para desbloquear y dejar fluir.

Puede ser un hábitat increíble para muchos (¡hay lagos preciosos!) para la mayoría. Pero en este momento de mi vida me toca mar. Y esto tampoco es para siempre, seguramente, cambiará. Quizá me toque lago (pero con salida al río, o al mar). En algún momento. Cuando quiera. Cuando toque. Cuando tenga que ser.

No ha sido fácil. Justo estos días cumplo dos años como autónoma y solo hoy hablo de esto como una aventura gratificante lo de moverse entre las olas. Durante meses me ha costado ansiedad, se me agarró a las tripas, nubló mi mente y bloqueó mis pies. Enfermé, no voy a ocultarlo. Pero noto que, por fin, he conseguido los créditos de prácticas para pasar el primer curso de ‘La vida solo fluye si la dejas fluir’. Y lo he conseguido haciendo lo que, hace dos años, me hubiera parecido un suicidio: irme fuera casi dos meses. Aparcar mis artículos, reportajes, contactos, clientes, colgar un mensaje automático en el correo de ‘Estoy de sabático, por favor elimíname de tus envíos hasta mediados de julio’, borrar emails sin leer, apagar el teléfono, colgar todas las llamadas, no responder whatsapps. Desaparecer, que dicen. Yo prefiero llamarlo: seguir nadando.

Costa Rica: la espuma que brilla sobre las olas

A mediados de mayo emprendí un viaje a Costa Rica que me mantendría unas siete semanas desconectada del mundo. Era, en resumidas cuentas, un premio, un regalo, por aprobar primero y por aguantar, de una pieza, la vida en la charca y sobrevivir. Un curso de profesora de Jivamukti Yoga. 300 horas. Y un viaje por Costa Rica en coche con una gran amiga.

Creo de verdad que merecía -porque todos lo merecemos- marcharme y darme el lujo de disfrutar de este regalo sin mirar la cuenta. El presupuesto del viaje llegó, como de la nada (la magia ocurre cuando cambias el punto de vista) cuando tenía que llegar. Cuando tomé la decisión firme y sin pensar en qué pasará después, de desaparecer y dejar todo en pausa hasta mi vuelta. El trabajo, primero, pero la familia y seres queridos también. Solo cuando dejé de tener miedo de estar ‘haciéndoles daño’, de estar ‘perdiendo oportunidades laborales’, de ‘qué pasará cuando vuelva’, fui capaz de liberarme y dejar fluir todo. Pero todo esto lo hice con firmeza, con seguridad, con coherencia máxima, con amor por mí misma y con la confianza de que todo iba a salir bien.

¿Y qué pasó a mi vuelta? Estando fuera algunos compañeros de viaje me decían ‘¿pero no tienes miedo de que cuando vuelvas te hayan quitado el puesto, o de que ya no tengas pareja?’. Yo siempre respondía: Quizás, pero me da igual. Sé que todo va a salir bien. Y me escuché diciendo esto y digo, de verdad, de corazón, que lo sentía de verdad. Quizá era la vez que más segura estaba de algo en mi vida. Me lo creía. Hablaba de forma natural, lo sentía vibrar dentro y sabía que todo estaba bien. Que cualquier cambio sería para mejor.

El mundo no se acaba cuando tú te vas

Estuve desconectada de noticias y mensajes. Y en este tiempo pasaron cosas mágicas. Cambió el gobierno, la dirección de uno de los medios con los que colaboro (convirtiéndose en jefes de sección personas a las que admiro enormemente y que siempre soñé con que estuvieran ahí)… Así que ‘lo mío’, lejos de cambiar, mejoró. Absolutamente todo. No hubiera imaginado mejor escenario, ni soñando. Y pasó porque fui sincera conmigo misma, honesta y tuve confianza en que todo estaba yendo como tenía que ir. No hubo grandes revelaciones más allá de esta. Pero esta es una grande. No volví y dejé mi carrera, si acaso la abrazo con más fuerza porque sé que estoy donde tengo que estar y mi responsabilidad para cambiar la parte del mundo que me corresponde, con las herramientas que tengo (y ahora, además, con un título de profesora de la disciplina de Yoga que más me llena), la asumo y abrazo con tremendo amor.

Quizá hay que tocar fondo para poder empezar el camino que me ha llevado a aprobar el primer curso de la vida real. No lo sé. Esto es mi vida, y ninguna es igual a la otra. Pero de verdad me siento tan feliz este verano como cuando acabé la Universidad y me licencié en Periodismo. Es precioso mirar hacia atrás y darte cuenta de que todo tiene sentido, que cada pequeña cosa que te pasa, te pone en el camino. Desde mi infancia en el Cantábrico a los huertos urbanos, al pueblo de mis abuelos, pasando por Berlín y la pérdida. ¿Quiero seguir toda la vida en el mar, entre olas? Bueno, digamos que ahora que estoy aprendiendo a surfear, le he cogido el gusto. Me organizo (bien) y vivo con lo que tengo, apreciando más lo pequeño y los momentos e instantes.

Ahora solo falta que el sistema premie a los valientes y a los nadadores y, además, consigamos tener un velero y una casa en alguna isla. Con perros, a poder ser, y niños pelirrojos. Si no es mucho pedir.

Gracias por haber leído todo esto. Y mucha suerte en tu camino.

 

 

 

 

 

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