La Piluka, el primer huerto urbano de Madrid

Este reportaje lo preparé en 2007 para el master de periodismo de El País. En ese momento los huertos urbanos eran una cosa totalmente extraordinaria y excepcional, el del Pilar fue el primero de la ciudad y yo lo conté (cuando solo importaba a unos pocos, entre ellos mi profesora, la periodista y responsable de Planeta Futuro, Lola Huete). Ahora, por suerte, en Madrid ha cambiado la cosa. Berlín, sin embargo, sigue siendo el ejemplo de todo esto, con su maravilloso PrinzesinnenGarten y réplicas en cada distrito. Lo de los huertos me dio así de fuerte porque cuando era pequeña y vivía en Donosti, yo no jugaba en el parque, lo que había delante de casa en Aiete, era un huerto.

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Foto de 2007, cuando estuve con La Flor preparando el reportaje sobre su huerto.

Los vecinos del Barrio del Pilar son un ejemplo de agroecología comunitaria. El colectivo La Flor puso en marcha hace dos años el primer huerto urbano de Madrid.

Manzanas idénticas. Plazas secas, sin árboles, donde los coches aparcados se apiñan. Un bloque bajo para comercios y diez portales de más de diez alturas. El Barrio del Pilar, uno de los más poblados de Madrid, envejece. Pero desde hace dos años hay más vida. Quizá tenga algo que ver el espantapájaros que mira desde la esquina del huerto de la Plaza de Corcubión.

Los vecinos del 5 y 6 de Corcubión decidieron hace dos años limpiar su patio para construir el primer huerto urbano en Madrid. Se trataba de una superficie llena de despojos. Hoy aquel solar es un huerto en el que todos los vecinos trabajan, contribuyen y deciden qué plantar. Un huerto en el que han aprendido, gracias a los más mayores y a Internet, a plantar fresas, tomates, hierbas aromáticas, escarolas, judías, cebollas, patatas, coliflores y uvas. No todos los vecinos las consumen, pero el que lo hace, puede coger cuanto necesite. Pagan dos euros por vecino al mes y la comunidad gestiona la compra de semillas y aperos. Hasta los niños participan del huerto. “Apadrinan coliflores”, cuenta Mar, la vecina del bajo, “los niños tienen sus herramientas chiquitinas y nosotros las grandes”.

El Ayuntamiento de Madrid no ha reconocido que estos terrenos de la Plaza de
Corcubión les pertenezcan, y los vecinos no se ponen de acuerdo en si financiaron o no la tierra de los primeros surcos y los árboles. Lo que está claro es que la idea y puesta en marcha se la deben a dos vecinos del número 5, Mikel y Carol, de la cooperativa La Flor. Ellos plantaron los primeros árboles en Corcubión. “Queremos ser una solución a la despersonalización de los barrios”, cuenta Carol. Esta experiencia les ha animado a plantar hace dos meses otro huerto en la plaza contigua, y actualmente trabajan con Izquierda Unida en Rivas para plantar otro allí.
Sorprende que el espacio esté incólume. Dicen que, aunque al principio existía
miedo, nadie les ha robado nunca. “Tenemos plantado aloe vera”, cuenta Mar, “y no nos han quitado ni una hoja”. Tal es su tranquilidad que dejan que otros vecinos y visitantes anónimos disfruten de su jardín. “Hacemos nuestras barbacoas, y hasta mercadillos, que prepara La Flor”, cuenta Ana, una vecina del 6, “¡pero también viene gente de fuera!”, añade.

“Los jóvenes de la litrona, vienen y dicen: buenas noches, venimos aquí a tomarnos una cervecita… ¿podemos? Hemos llegado a hacernos respetar”. La agroecología es un movimiento creciente. Y el barrio tiene experiencia en agricultura sostenible y cooperativa. La asociación vecinal La Piluka, a la que pertenece La Flor, cultiva un huerto en el Valle del Tiétar. En Madrid existen plataformas similares, como Bajo el asfalto está la huerta, y existe otro pequeño huerto en la T4 de Barajas, donde los taxistas están empezando a cultivar un huerto mientras esperan en el parking. Santander, Alicante y Barcelona cultivan en la ciudad desde hace más de diez años. Esta última, cuenta además con la ayuda de la Concejalía de Medio Ambiente. Los Verdes de Madrid propusieron sin éxito en las últimas elecciones, la construcción de huertos siguiendo la estela de países como Holanda o Alemania, que los cultiva en más de trece millones de metros cuadrados.

Bajo los árboles hay un merendero, centro de reuniones de los vecinos cuando hace
sol. Comparten portal desde hace años, y desde hace dos “una de las ilusiones de su vida”: tener un huerto a la puerta de casa. “¿Lo hueles?”, pregunta Mar, “el jazmín cuando empieza a hacer calor huele que es una maravilla. Estamos enamoradas, esa es la palabra”, añade Ana mirando a Mar con la seguridad de que habla por las dos, “llevo aquí treinta años y nunca pensé que me levantaría y vería esto. Ahora tienes algo que mirar, o decir: ¡oye voy a ver cómo van las uvas!”.

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