Los madrileños se echan al monte

La edición original se publicó en El País Madrid.

Si tienes casos como este, si te has marchado al campo para tener una vida mejor, ¡envíame un email! estaré encantada de añadir aquí tu historia.

Foto: Instagram de la editorial Errata Naturae (próximamente publicaré una entrevista con ellos en mi web

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La moda de lo ecológico y la tendencia a volver a los básicos han abierto la veda a lo ‘agro’. Irse a vivir al campo ha pasado de ser algo minoritario a una opción de vida, facilitada por el teletrabajo y las distancias, asequibles entre Madrid y la sierra norte. Y esa radiografía del momento actual es la apuesta de La Casa Encendida, que desde el viernes al domingo acoge la segunda edición de ‘Humus Revolution’, unas jornadas de cine, arte, deporte y cocina para todos los públicos alrededor del fenómeno de la sostenibilidad. “En Madrid somos agrourbanitas”, explica el director del festival, Alberto Peralta, “nos gusta la ciudad, pero queremos introducir aquí el campo, porque cada vez hay más distancia entre una cosa y la otra”.

Los huertos urbanos, que de hecho son la temática del festival de cortos que se proyectan desde las 19.00 el viernes en el centro cultural, dan la pista. “Empezó con sitios como el de la Piluka, en el Barrio del Pilar, y ahora hay casi cien”, apunta Peralta. Mar Casinello (33 años) es bióloga y una de esas personas que vivió en su barrio este tipo de movimientos. Desde hace casi tres años reside cerca del campo. “Compramos todo local, las legumbres, las verduras y la carne”, explica, “y nos vinimos porque esta filosofía de vida nos encaja más, por el sueldo, que cunde de verdad y por la idea de criar a los hijos en un ambiente más sano”. La sierra de Madrid, especialmente la zona que rodea a La Pedriza, con pueblos que se ha llenado de familias jóvenes en los últimos años. “En Madrid todo cuesta tanto que tienes que trabajar muchas más horas”, apunta Mar, “y es absurdo, porque te quitas tiempo de vida para ganar un dinero que no podrás disfrutar sin tiempo libre”.

Norberto Zurita (45 años) se mudó a esta Manzanares el Real (8.182 habitantes) en 2009, y desde entonces ha tenido dos hijos, ha bajado su ritmo de vida y ha visto llegar a muchos madrileños, algunos que bajan a la urbe a trabajar “asumiendo que cogerán atasco y a pesar del mal estado del transporte público, ciertamente obsoleto”. Este informático ha conseguido compatibilizar su vida y su trabajo, que hace a distancia. “Vivo en un adosado a seis kilómetros del despacho donde trabajo, en Madrid sería impensable”, relata. “A pesar del cambio de escenario, seguimos siendo muy urbanitas y eso nos distingue de la gente de toda la vida, y de hecho, hay como dos sociedades, que aunque lleves veinte años aquí siempre serás el de fuera, incluso hay partidos políticos para estas dos, digamos, sociedades”. Para él, la clave de la mudanza es la “tranquilidad frente a la hostilidad de la urbe”.

Aunque la crisis arrancó un ‘boom’ de la huida al campo, la tendencia no es nueva, y así lo explica la doctora en ecología Elisa Oteros Rozas. Residente también en Manzanares, lleva años investigando la huida de los madrileños al campo. “Me generaba mucha curiosidad”, cuenta, “salí y me encontré con mucha gente que había hecho lo mismo, se hace de hecho desde los 90”. Las motivaciones son variadas, “no se puede hablar solo de una causa y un tipo de persona, es una mezcla de varias”, apunta. La crisis, el espíritu del 15M, el despertar hacia una crianza natural, motivos de salud contra la contaminación o consumo más responsable, son algunos de los motivos que apunta Oteros. Precisamente, en la Casa Encendida el viernes a las 12.00, tiene lugar un taller de cocina colectiva, donde un chef enseñará a hacer recetas y además hablará de consumo responsable, desperdicio alimentario y reducción de residuos. “Este taller, junto a los recorridos que proponemos, corriendo y en bicicleta por los huertos urbanos de Carabanchel o Usera”, apunta Alberto Peralta, “son una herramienta muy potente para crear ciudades más amables”.

Raquel Poblete es una de esas personas que huyó de la ciudad en esa primera oleada. Tiene 51 años y aterrizó en Montejo de la Sierra con 35. “Nací en Embajadores, pero todos los fines de semana salíamos al campo, y eso marca”, cuenta Poblete, que ahora se dedica a impartir talleres de yoga y mindfulness por la zona. “El invierno en Madrid me daba tristeza, agobio, era gris… Cuando me mudé me di cuenta de lo humano que era todo, que haces vida familiar con tus vecinos, que vives de una forma más como tribu, más como vivían antes”. Mar Casinello es de la misma opinión. “Llevaba 21 años viviendo en el mismo bloque y no conocía a mis vecinos, aquí llevo un mes en la casa nueva y ya les conozco a todos”. Este sentido de comunidad, además, ayuda a formar cooperativas de distinta índole. Cuenta la doctora Elisa Oteros que entre los perfiles de los nuevos emigrados están los agrónomos, los ganaderos y los agricultores “que no quieren perder el saber popular de la gente anciana que está muriendo y quieren abrir sus proyectos ayudados por todos ellos antes de que no estén”. Además, explica, las oleadas de migración tienen también mucho de salud y de cultura. “Mucha gente quiere desconectar pero también inspirarse para escribir, para pintar, para crear”.

Nota: El Pirineos aragonés está viendo repoblarse muchas de sus zonas abandonadas y pueblos en ruinas.

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