Entrevista a Asunción Balaguer

Una de las cosas más tristes de las maquetas es tener que editar cuando la entrevista merece reposo y espacio. Así que he decidido recuperar y editar un poco la transcripción que hice de la entrevista a Asunción Balaguer (debo tener el audio en algún sitio) en mayo de 2015, pocos días después de que mi padre falleciera. Yo no tenía mucho ánimo, era sábado por la mañana y subí a Alpedrete para poder hacer la entrevista. Hablamos de la República, del Comunismo, de las mujeres, del ser madre y dejar tu carrera, de los sueños, de la cultura, de la memoria… Supe, desde el minuto uno, que posiblemente era la entrevista más bonita que había tenido. Han pasado cuatro años y lo sigo pensando. Qué suerte tuve. Es una entrevista eterna, de verdad. Podéis comprobarlo leyéndola. Descansa en paz, querida Asunción.

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Cuando una mujer entrevista a Asunción Balaguer (Manresa, 1925), lo primero que se sabe una, es privilegiada. Privilegiada por asistir en primera fila a la historia del siglo XX de la boca de una de las mujeres más valientes de su tiempo. A Balaguer muchos la conocen por ser la mujer que durante medio siglo amó y construyó una familia con Paco Rabal. Pero no tantos saben que era ella la que viajaba en el vagón de los artistas cuando Rabal se acercó, desde la fila del reparto, a sacarle plática y alguna sonrisa. “Nunca me hubiera podido enamorar de alguien que se no se dedicara al teatro”, confiesa. 

Esta actriz catalana, de enorme sonrisa y unos ojos que derrochan entusiasmo y honestidad, transmite la sabiduría de los años y la calma que solo consiguen transmitir aquellos que han vivido la vida que querían vivir. Aunque a sus casi noventa, y desde su “retiro” en Alpedrete, sigue bajando a Madrid “en autobús” todas las semanas, Asunción prefiere las entrevistas en su casa, rodeada de libros, premios, fotos, árboles y animales.

Cuando llego a su puerta puedo verla sentada en un banco de su jardín, con un jersey de angora gris y un pelo bien arreglado. Me quedo observando unos minutos, quieta, sin querer llamar la atención. Pero ella levanta la vista, me mira y sonríe y me indica el camino al salón. “¿Tienes frío? ¿Quieres que te acerque el radiador? ¿Estás bien? ¿Quieres algo?”. Después de dejarle tranquila mi quinto, “estoy perfectamente, muchísimas gracias”, empezamos una deliciosa charla que duró toda la mañana.

De lo más cercano a lo más lejano y dejando que la conversación fluya. Así me va abriendo las puertas de su vida. A Balaguer la vamos a ver, según nos cuenta, este verano en Madrid [Agosto, 2015] en un recital en el Teatro de la Abadía. “Será bonito”, explica con dulzura. “Habrá una cantante argentina que canta algunos poemas, y recito yo, lo combinamos. Luego habrá dos guitarras, una española y otra portuguesa, y un chelo”. Ya sorprendió al público verla hace muy pocos años cantando y bailando en la obra ‘Folies’ [premio MAX], pero ella insiste en que, aunque era su primera vez en teatro, sus comienzos estuvieron muy ligados a la música y a la poesía, un vicio para ella desde su niñez, donde atesoró la primera edición del Romancero Gitano de Lorca.

“Qué pena, lo he debido de perder en alguna mudanza”. Y mientras deambula su vista por la estancia, señala el piano. “Mi madre se empeñó en que aprendiéramos a tocarlo”, dice  mientras señala un piano de principio de siglo con dos candelabros, que perteneció a su madre. “Yo era la única que lo aprendí, estuve cuatro años estudiando. Y en los recitales del colegio, el profesor de literatura siempre me sacaba a mi. Y si no lo hubiera hecho, ¡creo que no me hubiera sentado muy bien!”, comparte entre risas. 

Uno descubre pronto que una mujer así tuvo que tener una madre excepcional. Si bien la europea Cataluña de principios de siglo era ya entonces (o especialmente entonces) mucho más moderna que el resto del territorio republicano, los Balaguer Golobart eran una familia acomodada “de misa diaria”. Su madre, Teresa, era una burguesa casada por conveniencia con un médico con el que tuvo seis hijos. “Una mujer muy desgraciada que se empeñó, precisamente por eso, en que su familia creciera libre”.

“Mi madre era una mujer revolucionaria, y todavía le doy las gracias… Todavía”, recuerda emocionada, “Le digo… ¡pero qué lista fuiste, mamá, cómo pudiste pensar así en aquella época y siendo una niña burguesita, criada en monjas… Qué avanzada!”. “Fue ella la que me apuntó a piano, la que me puso una cantante particular de ópera y la que me apunto al Instituto del Teatro. Quería que me formara, que hiciera bachiller pero que me formase en baile y canto. Yo tenía 13 años cuando empecé”, recuerda. “A mi madre le hacía mucha ilusión. Me dijo: ‘bueno, pues si eres actriz tienes que aprender muchas cosas». 

Balaguer invita a reflexionar sobre lo avanzada que era España en la época de la República. Estamos en 2015, y escuchándola hablar, pareciera que el tiempo ha ido hacia atrás. «La mujer en Cataluña estaba más moderna. Al instituto, en la época de la República, iba con chicos. Y cuando mis hijos iban al colegio busqué uno mixto. Y lo que hacían era que cuando venía la inspección al colegio, metían a los chicos en la carbonera. Mi hijo era pequeñito, y no le metían, pero a mi sobrino… Les metían, les escondían en la carbonera. Pero yo quise que se mezclaran. Porque yo he sido muy feliz estando en colegio mixto. Primero, porque tenía cuatro hermanos mayores en mi casa. Y el trato de chico y chica en el colegio es muy sano».

Balaguer rememora sus años del Instituto del Teatro con fervorosa emoción. “Me estrené con Lope de Vega, con La discreta enamorada”. Recuerda a sus compañeras, algunas grandes actrices como Ana María Ventura o Aurora Bautista, a quien piensa con cariño y cierta envidia “por su acento castellano, de Valladolid, tan perfecto, con esa voz tan maravillosa…”. Oyéndola hablar uno puede pensar que realmente la mujer artista no lo tenía difícil en aquellos años. “Hombre, en mi época no era muy corriente que una familia medio burguesa dejara ser actriz a una niña. Por ejemplo, mis hermanos nunca estuvieron a favor y no me vinieron a ver al teatro hasta que me casé”. “Pero”, añade, “Es que Barcelona era muy moderna”, explica, “y además, si a eso le sumas los años de República, pues más. Ya con la dictadura estaríamos hablando de otra cosa”, y recuerda que cuando se enroló en la primera compañía, la del teatro universitario de Granada, su madre le puso una carabina para que le acompañara.

Fue en aquellos años cuando conoció a Paco Rabal, se enamoraron y despidió a la mujer que le seguía a todas partes y que, posiblemente “estuviera enamorada” de ella. “Me robaba el dinero, y me decía que nos íbamos a comprar un piso… Era muy hombruna, muy antipática”, cuenta con gesto de repugnancia. “Una noche, estábamos abriendo unas botellas de vino que nos habían regalado, en una feria, y yo, que veía que no me dejaba ni a sol ni a sombra, ¡brindé por la libertad! Y me tiró el vaso encima y me manchó el vestido entero. Yo salí corriendo y Paco me sacó a bailar. Estuvimos bailando toda la noche”.

¿Vivió usted el drama de los de Viaje a ninguna parte, Asunción?, le pregunto, “Aquí en el teatro siempre ha habido crisis, pero es verdad que yo entré de la mano de Tamayo”. José Tamayo (Granada, 1920) ha sido uno de los directores y empresarios de teatro más importantes del siglo pasado, fue director del Teatro Real y empezó sus andaduras montando el grupo de teatro universitario de Granada, al que se unió Asunción Balaguer. “Me pidió que si quería unirme a ellos y actuar en la plaza de arriba de la Alhambra con ‘Sueño de una noche de verano’. Me mandó los contratos por correo postal. Mi madre no quería que fuera, pero me uní a él y fue mi fortuna. Pronto empezó a darme papeles importantes, pero eso sí… Con carabina”.

Pero después cuando tuvo a sus hijos, dejó de trabajar para cuidarles, para ser madre… ¿No le pareció que aquello era darle la razón a la sociedad que tanto le molestaba?, le pregunto. Me sentía obligada, era una responsabilidad que la quise asumir. Dejé de trabajar. Si había un trabajo en Madrid, pues trabajaba en el Teatro… Pero si ya salía de provincias, entonces no podía”. Supongo que sus amigos le aconsejaron que no lo dejara… “Marsillac me decía: ‘Eres tonta, tu carrera es mi carrera’. Pero yo dije que yo quería criar a mis hijos como yo me había criado yo… Y mira, tampoco quería dejar a mi marido, porque lo quería mucho. No me arrepiento…”. Deja la última línea suspendida en el aire y rápido lanza un “¡Siempre hacía algún pinito cuando había alguna cosa en Madrid! Me decía ‘un día de trabajo Asunción, eso es poco’. Pero era feliz con mis compañeros, con actores, con maquilladores… ¡era feliz de estar con ellos, aunque fuera solo un día! Además, nunca sabes. Gracias a ese día conseguí conocer y trabajar en una serie con Vittorio Gassman y Jean Rochefort (que ya no sé quién era mi marido de los dos) Rodábamos de noche… ¡y era feliz! Yo siempre recomiendo a mis compañeros que un día de trabajo de puede dar una fortuna. Fíjate que Paco me decía ‘¿Por qué lo haces, mujer, por un día?’. Si te ven, se acuerdan… Y mira que éramos amigos y todo, pero te tienen que ver en un día de trabajo. Hasta lo doblé al italiano…”.

A toda la gente que mencionas, Asunción, le digo, les he estudiado en el colegio… “¡Es verdad, a todos nuestros amigos los has estudiado tú en los libros… Fíjate… Buñuel y tantos otros. Paco lo quería mucho, adoraba a su padre. Tiene cartas autógrafas de él (otras a máquina) Lo trataba casi como un hijo. Buñuel decía que le llamara de tú “¿por qué me llamas de tú?, le decía Buñuel… Y Paco le respondía: ‘Porque le tengo mucho respeto’. A lo que Buñuel repondía: ‘Ah, está muy bien el respeto, pero tú eres mi sobrino y yo soy tu tío… Y así me tienes respeto’. Mis hijos han crecido con todo eso alrededor. Paco quería que lo vivieran y que lo respetaran. Y a veces, muchas noches, venían a nuestra casa de la Ciudad Lineal… Y de pronto Paco se presentaba con cinco o seis poetas a las 5 de la madrugada. Y yo como ya lo conocía… Pero decía… ¡Despierta a los niños, que los conozcan, que se levantan los niños! y los niños lloraban… ‘Papá quiere que subáis’… Cuando venía Alberti no, porque venía mucho ya, pero a los Hermanos Ferrater, a Ángel González”.  Se le escapa un suspiro… “Ángel González, ¿le has conocido? Ay… era un hombre.. Yo siempre me sentaba a su lado… Me sentía protegida. Tan educado… Tan respetuoso. ¡Oy…! A casa venía muchas veces. Se echa de menos gente así…”.

Y ella sigue relatando… “Paco era autodidacta y adoraba a las personas que sabían más que él. Y siempre procuraba ser amigo de Alberti, de Ángel González… Paco era poeta, lo que pasa que hacía romances. Y le decía… ¿Paco por qué no estudias más? Eran muy bonitos sus romances… Pero si hubiera estudiado más… Pero él vivió la vida como quiso. Sus interpretaciones eran magistrales… Imitaba a la gente… Te morías de risa. Era una persona que tenía un radar especial para detectar qué gente es buena y qué gente no. Hemos sido afortunadas por conocer a gente tan buena”. 

No recuerdo en qué momento enlazamos con el Comunismo, pero el caso es que Asunción empezó a hablarme de ello de pronto… Mi hijo [el padre de Liberto Rabal] se tuvo que ir a Italia. Porque o se iba o me lo metían en la cárcel o me lo mataban. Y lo ayudó mucho el partido comunista. Además esperaban el primer hijo, Liberto, que nació en Roma. Lo tuvo con una hija de Carmen Laforet. Pero les dejábamos solos allí, en Roma. Entonces, en un viaje en el que Paco tenía que salir fuera, fuimos al PC de Roma. Me llevó y mira, cuando salí dije ‘Paco, quiero el carnet’. Por qué con qué humanidad… Nos decían… ‘Tú vete tranquilo, compañero’. Paco tenía trabajo en América y me daba seguridad que estuvieran protegidos. ‘No te preocupes, me decían, que tu nieto nacerá en la clínica del PC, no pagaréis nada estarán súper atendidos’. Y Carmen Laforet, la madre de mi nuera… nos escribió una carta de siete páginas contando cómo había nacido, cómo le habían atendido… Con qué atención. Guardo las cartas. Por eso se llama Liberto. Era más que Comunista, era libertario. Le pusieron en su partida de nacimiento Francisco Rabal. Pero al final… Liberto. Francisco Rabal Junior no me gusta. Tiene más personalidad Liberto”.

La foto que acompaña al texto está hecha desde la acera de enfrente de la casa de Asunción Balaguer. Acabaron viviendo en Alpedrete por los problemas respiratorios de Paco Rabal. Aunque vivían cerca de O’Donell, y tenían el Parque del Retiro al lado, preferían marchar a vivir a la sierra norte de Madrid, cerca del parque nacional sierra de Guadarrama donde, sin duda, la calidad del aire era mucho mejor. Y allí vivieron los dos hasta el final de los días de ambos. Esto me contó mientras me acompañaba a la puerta, agarrada de mi brazo y diciéndome que qué cortito se le había pasado ese ratito (creo que estuvimos más de dos horas). «Y a mí, Asunción, y a mí».

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