¿Cómo salvamos el planeta?

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Alto de la garganta en la región de Los Oscos, al atardecer (Foto: Reserva de la Biosfera)

Hay catastrofistas que argumentan que el daño al planeta por los efectos del consumo es irreversible. Y en este mismo debate, los hay que se muestran seguros de que al final, la naturaleza siempre gana y encontrará la forma de salir adelante, aunque eso suponga la extinción de las especies, incluida la nuestra. Hay una inspiradora frase (cuyo autor no está del todo claro, algunos se la atribuyen al escritor Eduardo Galeano) que dice “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Es interesante mirar la frase en sus dos sentidos: en el positivo, se nos alimenta a cambiar las cosas. El negativo puede definir a la perfección nuestro impacto en la tierra.

A continuación, una lista de amenazas y algunos consejos para mejorar nuestra relación con ellas…

  • Microplásticos

Por poner un ejemplo gráfico: una toallita húmeda, en la arena de una pequeña playa puede tener un impacto enorme, a pesar de que el que se deshizo de ella pensara que un pequeño gesto no cambia nada. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) publicaba el pasado mes de junio los resultados de un análisis sobre este producto. “Pueden producir atrancos en cañerías, ocasiona graves problemas en las redes de saneamiento y tienen un gran impacto ambiental porque contribuyen a la dispersión de microplásticos en el agua”. Casi el 70% de los alimentos de origen marino, según un estudio de OCU, tienen microplástico.

  • Crecimiento ilimitado

Es posible que solo los superhéroes sean capaces de salvar el planeta, pero sin duda hay pasos que dar para intentar frenar la deriva del medio ambiente ahora que ya nadie niega nuestro papel en todo esto. Uno de los primeros pasos, el más inmediato e urgente es reducir el consumo. El cuento de que tener más cosas es sinónimo de riqueza, choca frontalmente con un modelo de vida sostenible. Solo las cosas intangibles (como por ejemplo el bienestar o las ideas) soportan crecer de forma ilimitada. Nada en la naturaleza crece de forma continua, excepto las plagas o las malas hierbas. Si copiamos a la naturaleza y su forma de organizar los ecosistemas ninguno va a considerar el exceso de algo una virtud. En este sentido, modelos como el de la profesora de Oxford Kate Raworth, autora de ‘Economía Rosquilla‘ (Paidós, 2018), pueden inspirar un modelo para medir la riqueza basado en los límites planetarios. Raworth expone en su libro que “el bienestar humano depende de la tierra viva. Necesitamos suelos fértiles, un clima estable y aire limpio”.

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Modelo de la tienda de moda vasca Skunkfunk. (Foto: Skunkfunk)
  • Ecodiseño

Y en este sentido, el ecodiseño se presenta como una oportunidad para repensar las cosas que compramos y también como una forma de demostrar a la industria que no se tiene por qué perder dinero si las cosas se hacen de otra forma. Es importante también poner conciencia en cómo nos llegan los productos que compramos. Muchas veces es en plástico de una calidad bajísima (no todos los plásticos tienen la misma composición, pero los que suelen estar en contacto con el agua y la comida suelen deshacerse y llenar nuestros estómagos de microplásticos). Cada año, unos 8 millones de toneladas de plástico acaban en nuestros mares; la mayoría de veces son tapones de botellas que uno a uno generan un impacto terrible para los ecosistemas marinos.

  • Recogida de basura

El organismo sin ánimo de lucro Surfrider promueve la recogida de basura en las playas. En 2016, en una sola campaña en las playas, lagos ríos y fondos marinos españoles se recogieron casi 1.500 metros cúbicos de residuos. La solución parece fácil: poner conciencia en la cantidad de plástico que nos rodea y su durabilidad. Los acuíferos también se ven gravemente perjudicados por la cantidad de productos químicos (especialmente los de limpieza e higiene personal) que desechamos. El principio de esta forma de producir se basa en aplicar el menor impacto en la fabricación de un bien, que su uso no contamine y que al final de su vida útil, que debería ser cada vez más largo en vez de acortarse por obsolescencia programada, se pueda reutilizar o reciclar sin generar daño en los ecosistemas.

  • Economías alternativas

La economía circular, otra teoría económica en esta dirección, junto a la economía azul (la gris, muy interesante) y otras tantas, también incide en la idea de redondear el sistema económico en el que nos sustentamos. Y en la base de esto aparecen otros modelos mucho más afables con el sistema que pueden ayudar a cambiar el planeta. Son todas las empresas de economía social y las de triple balance (modelos compatibles) cuyos resultados impactan en la prosperidad económica, la calidad del medio ambiente y el capital social.

  • Etiquetados

Existe cada vez más conciencia a la hora de consumir bienes. La consultora Nielsen asegura que los más joven (las generaciones llamadas millennials y centennials) son las que más se informan antes de comprar y más valoran la trazabilidad de los productos, ya sea por ejemplo ropa, electrónica o comida. Esta misma fuente asegura que cada vez se exigirá más transparencia en los etiquetados. Y en esta misma línea, parece lógico pensar que habrá menos tolerancia con la obsolescencia programada.

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  • Industria cárnica

La cárnica es una de las industrias con mayor impacto ambiental, por la ganadería intensiva, pero la agricultura no se libra. Greenpeace alerta en sus informes del uso de plaguicidas tóxicos en la agricultura industrial, “que tiene efectos nocivos sobre nuestra salud y sobre la de otros seres vivos tan importantes como las abejas”. “La producción de alimentos a nivel mundial y la biodiversidad terrestre dependen en gran medida de la polinización, un proceso natural realizado por insectos como las abejas, que permite que se fecunden las flores y den así frutos y semillas”, apuntan. La ONG asegura que por nuestra sangre corren hoy 300 sustancias químicas; el aire que respiramos contribuye en gran parte a ello. Sólo en España 33.000 personas mueren por contaminación atmosférica.

  • Transporte

En este mismo sistema económico que debe hacer una transición a la sostenibilidad, una de las mayores revoluciones se está haciendo en el transporte, junto con la industria cárnica, la térmica de carbón, gas y energía nuclear, es una de las más contaminantes. Las ciudades, con Madrid y Barcelona a la cabeza de los cambios, por las presiones de Europa, están trabajando por una movilidad ciudadana más sostenible, con coches de alquiler por minutos y reemplazo de flotas de autobuses. Las dos capitales han puesto fecha límite para la entrada en los núcleos urbanos de coches con combustible contaminante, como muchos coches diésel. También ciudades como París, Ciudad de México, Oslo, China. Y en este escenario la movilidad eléctrica parece una de las soluciones más lógicas, por lo que previsiblemente aumente en los próximos años la estructura de electrolineras en el país para dotar de ‘combustible‘ a autobuses y vehículos particulares y compartidos.

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