Coworking rural: montar tu empresa bajo un árbol

El campo vuelve a ser el origen de todas las cosas. La proliferación de espacios de trabajo en las zonas rurales anima a los emprendedores a volver al pueblo temporal o definitivamente para montar allí sus proyectos. Para leer otros proyectos sobre coworking rural, puedes entrar a conocer la historia de La Solana, en Torrelodones, que publiqué en El País Madrid y aquí, dentro de mi web.

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Sende, un Coworking rural en una aldea gallega.

“Estoy en el mejor sitio del mundo, a lo mejor no vuelvo a casa”, susurra Tomás al otro lado del teléfono. Tomás, que ha viajado por todo el mundo, abrió una clínica de fisioterapia en Asturias. Su siguiente plan es poner en marcha un negocio social. Para ello no ha buscado una oficina vacía, tampoco una oenegé. Tomás, que es asturiano, ha cogido la mochila y el portátil y se ha plantado en la aldea gallega de Senderiz, una población de 200 habitantes. Allí es donde pensará y planeará, rodeado de árboles y de casas de piedra; de orballo y atardeceres en mitad de la naturaleza. Este es, en este momento, su hogar y su oficina. Se llama Sende y no es un hotel rural, tampoco un campamento de verano… Es un coworking, o sea, compartir un espacio de trabajo aunque las profesiones nada tengan que ver, y es rural. No es el único en España; parecen querer ser la red que salve a los pueblos de la extinción. Pero no tienen prisa.

“Este es un lugar perfecto para desconectar, pensar diferente y usar la naturaleza como motor de inspiración”, explica Edo Sadiković, uno de los fundadores de este proyecto. “Arreglamos unas casas de piedra y todo está convertido en espacios creativos para vivir, trabajar, cocinar y pasarlo bien”. Sadiković, de origen serbio, hizo su primer experimento en una aldea en su país de origen, allí conoció a su pareja, con la que se trasladó a Galicia para poner en marcha Sende, “un centro de innovación donde la gente monta su negocio y se vuelve a casa”. ¿Su público objetivo? “Gente que piense parecido, trabajadores del mundo IT que puede moverse para trabajar en un entorno más innovador y creativo”, explica, “pero también artistas, creativos y educadores, con los que organizamos talleres”.

El Estado tiene unos 8.300 pueblos, pero sólo los habita el 20% de la población; 5.000 de estos pueblos tiene menos de 1.000 habitantes y el resto, menos de 100.

Estas poblaciones caminan hasta su extinción. Existe por primera vez, una generación que ni siquiera ha conocido el pueblo de sus abuelos. Asimismo, consecuencia de la crisis, en la última década el éxodo ha sido hacia al extranjero. Lo que pareciera un punto sin retorno, sin embargo, se ha convertido en la vacuna que, en pequeñas dosis, podría salvar a los pueblos. “Esto es un fenómeno global en Europa, hay una ola de interés”, apunta Diana Moret, rural shaker’ y fundadora de PandoraHub, un ecosistema de emprendedores y espacios en zonas rurales con vocación itinerante. “La gente se va a las ciudades, buscando la vida perfecta, y ve que no tiene nada que ver”. Para ella la gentrificación, “es un virus”. Así, el aumento de los precios de la vida en las ciudades junto a la bajada del poder adquisitivo, “hace casi imposible vivir una vida gratificante”.

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Bali, Coworking rural de Pandorahub.

Los llamados nómadas digitales se han propuesto generar oportunidades de negocio y empleo en áreas rurales. Son grupos de emprendedores y viajeros que le han perdido el miedo a trabajar desde cualquier parte. Y resuelven así el aislamiento del trabajador autónomo y combaten la nula productividad de jornadas infinitas a un precio asequible en un entorno agradable. Para Quim Gudayol, gerente del espacio de coworking rural Nexes Forallac en la Costa Brava (Girona) la clave de la proliferación de estos espacios es que “la gente cada vez tiene menos miedo a dejar o perder su trabajo por lo que prueban trabajar más tranquilos”. Su colega de PandoraHub comparte esta opinión: “Han caído tantas cosas que ya nadie da nada por hecho”. Gudayol es uno de los primeros emprendedores en poner en marcha un coworking rural de este tipo. Ahora es casi un vivero de empresas. Lo hizo en su pueblo, donde ya han germinado, en plena naturaleza, más de 30 proyectos. Los trabajadores autónomos, especialmente los programadores, son el público más interesado en estas iniciativas. Para Diana Moret tiene que ver con que “el sector tecnológico tiene gran necesidad de huir de las máquinas”.

PandoraHub propone desde su proyecto “trabajar con la posibilidad de moverte”. “Hay que minimizar las ataduras al espacio físico, nuestra apuesta no es abandonar la ciudad, sino conseguir flexibilidad laboral”. Ayudan a los pueblos a encontrar el potencial que tienen para poder atraer emprendedores con este modelo de coworking rural. “Vamos a pueblos donde tienen un nivel de infraestructura suficiente y donde haya emprendedores, donde haya quien dinamice”, relata “y les ayudamos a centrarse en las áreas que mejor les funcionen, y les ponemos en contacto con otras comunidades que estén en lo mismo”. Para que estos espacios arranquen hace falta, como comenta Diana Moret, tener una base, un potencial. Para cumplir este requisito, sin embargo, siempre hubo alguien detrás que se encargó de intuirlo y construirlo. Almanatura, una empresa social afincada en Arroyomolinos de León (Huelva), un pueblo de menos de mil habitantes, es uno de estos ejemplos.

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Arroyomolinos de León (Huelva), sede de Almanatura.

En 1997, los hermanos Israel y Juanjo Manzano decidieron tomar medidas ante la falta de alternativas en el mundo rural para los jóvenes. Lo que empezó como actividades de dinamización social y turismo activo en Arroyomolinos ha evolucionado a una consultora que “evita la despoblación, que fija la población rural, a través de alianzas público privadas para empoderar a las personas”. Detrás de esta definición, de Juanjo Manzano, late un proyecto y un reto tan grande como la población sobre la que actúan. Almanatura, “segura de que es posible vivir desde un pueblo con una idea de negocio”, prepara la apertura de su coworking rural, con puestos fijos e itinerantes. De momento, ha extendido una red de acción de 200 pueblos, a los que asesora y forma en materia de emprendimiento y para poner en valor lo rural. Además, trabaja con empresas como Coca Cola, “intentamos que la responsabilidad social corporativa de las empresas no se quede en un lavado de cara, que haya un impacto real”.

Por eso, y porque les va bien, pueden “elegir a los clientes”. “Queremos enseñar a los líderes que con mejores prácticas, más coherencia y menos ambición, nuestras empresas serían sostenibles”. Aunque un coworking rural sirve de punto de encuentro para generar proyectos y empleo en un área y atraer a habitantes de unos 20 kilómetros a la redonda, la idea de Juanjo Manzano, la del coworking itinerante, resulta atractiva. De un lado por la riqueza de los encuentros puntuales, el intercambio de saber entre la población local y la foránea. Y también porque la idea es atraer talento, “pero no abrumarlo para que se traslade y deje la ciudad”, dice Juanjo Manzano. “Esta fórmula no funcionaría, no queremos traer a la gente de las capitales al pueblo, sino establecer encuentros puntuales con calado”. Teme, además, que la inadaptación se les atasque. “Un pueblo en vacaciones no es un pueblo en invierno”.

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Foto de PandoraHub en uno de sus safaris.

Hacer la prueba solo en vacaciones

PandoraHub hace ‘safaris’, vacaciones o encuentros en estos coworking rurales con propósito de formación o encuentro entre emprendedores. El factor vacacional, de hecho, fundamenta gran parte de los proyectos. “Sería ideal que un emprendedor no tuviera que dejar a su familia entre semana para volver a la oficina”, explica Quim Gudayol, con dos coworking en la Costa Brava. “Si alguien que va de vacaciones sabe que tiene un coworking cerca, se va más tranquilo, disfrutará más de su familia”, apunta, “un coworking rural podría ser la clave para elegir uno u otro destino, y así, el pueblo podría ser un destino vacacional, que es otro ejemplo de cómo un coworking puede reactivar la economía local”. En este sentido, los cursos son un incentivo. Por ejemplo, Sende ofrece un encuentros de dibujo, intercambios y encuentros sobre emprendimiento rural y derechos humanos, y ‘hackathones’ y una academia de negocios. PandoraHub también está especializada en cursos y contenidos.

Para activar la economía y generar proyectos, estos espacios cuentan siempre con una figura dinamizadora. Ésta se encargará de entrar en contacto con los emprendedores interesados, organizar actividades y cursos y atraer talento. Cumple una función básica, además, que es la de hacer de intermediario entre la población local, con mucho saber y experiencia que aportar, pero con carencias tecnológicas y de educación de género, por ejemplo, que pueden resolver los que vengan de las ciudades. Este ecosistema, donde están además los emprendedores y los formadores, toma a veces forma de vivero de empresas y a veces se confunden. Esto tiene que ver con que algunos de estos emprendedores deciden establecerse definitivamente o viven en la zona y estaban esperando un proyecto así para dar el salto.

Cataluña, una Comunidad Autónoma muy avanzada

Para que este proceso fluya tiene especial importancia la implicación pública, tanto en la gestión como en la cesión de espacios. Cataluña es una de las comunidades autónomas con mayor penetración. Del presupuesto del departamento de agricultura y pesca de la Generalitat salen los fondos para Coworcat Rural.  “Nuestro objetivo es evitar la despoblación y dinamizar, trabajar para el desarrollo y diversificación de las zonas rurales con agentes públicos de acción local”, explica Begoña García, responsable del proyecto. “Las sinergias son clave, tejer redes de coworkers trabajando en el territorio rural”, apunta, “a veces lo que pasa es que la dispersión y el aislamiento territorial hace que no se conozcan cuando podrían trabajar juntos, en red, compartir saber”.

Zona Líquida es un laboratorio y uno de los casos de éxito que todos miran. Coworcat se ha implicado en ayudarles –organizaron un evento de networking el año pasado que fue un éxito– y PandoraHub también trabaja con ellos. A este coworking, en la tarraconense Riba-roja d’Ebre (1.200 habitantes), les tienen por visionarios. “Dejaron su pueblo, salieron, viajaron y ahora vuelven para llevar a su pueblo lo que aprendieron”, dice Diana Moret. “Estábamos perdidos en el campo, dependientes de la vendimia y de otros oficios pero la gente se nos iba a Tarragona o a Barcelona”, cuenta Juan Antonio Lanzas, dinamizador de Zona Líquida, “entonces intentamos favorecer a la gente para que volviera al pueblo”. “Tenemos 15 coworkers y la idea es seguir creciendo, porque tenemos una gran comunidad de artesanos y artistas y el antiguo matadero podría ser una sede muy buena para esto”.

Su objetivo está claro: que lo público les ayude a mantener talento y a hacer que venga de Tarragona y de Barcelona. Pero para marcharse hay que atreverse, como Óscar Carrió, que deslocalizó su consultoría, Zinkers, y se dedica a atraer talento de capitales al pueblo. Abrió en Pedreguer (Alicante) su primer espacio de coworking, el segundo, en Denia, Knowhere Denia. Se dedica a capacitar e impulsar emprendedores, además, en todo el territorio de la Marina Alta. Para él, aterrizar en el pueblo fue “algo natural, que surge del pensar qué puedo hacer para mi y para la zona”.

La motivación de la gente de los pueblos “es una de las claves” del éxito, confiesa Begoña García, de Cowocat Rural. ¿Y el inconveniente? “La velocidad”, apunta. “Si los alcaldes creen que este movimiento va a aumentar un 10% la población, se equivocan, porque esta filosofía es ‘slow’, y acelerarlo sería ir contra lo que significa todo”. La realidad es que el paradigma ha cambiado. El discurso de todos los entrevistados coincide: es un cambio sin retorno. Tiene que ver con la crisis en el país, con haber perdido todo, incluso el miedo, y eso empodera para hacer grandes cambios. “Vivimos en un constante ‘deadline’, y esto ampura la energía creativa”, apunta Edo Sadiković, de Sende, “nosotros trabajamos por esa libertad, por el trabajo mientras se disfruta del proceso creativo”. “No hace tanto, la gente esperaba ansiosa que llegara el verano para irse con sus abuelos al pueblo”, cuenta Sadiković, “nosotros ofrecemos algo así, huir del estrés, de las esperas, de vivir sólo para pagar unas vacaciones de 15 días”. El rural, vinculado a la infancia y al pasado, se ha propuesto volver a ser presente, “la gente aquí trabaja más rápido, más eficiente y productivamente, y encima sonríen”.

 

Coworkers rurales por el mundo

Entre acantilados e infinitas colinas verdes se esconde la población irlandesa de Skibbereen, con cerca de 2.000 habitantes y a una hora de Cork. Allí hace poco que se fundó el coworking The Lugdate Hub. Y allí aterrizó Bryan Hurley, fundador de Digedu.io, una plataforma de formación online de marketing digital, wordpress y diseño web, en 2016. “Pasé algunos veranos navegando en Baltimore, que está cerca de Skkiberin, cuando era más joven”, cuenta Hurley, “un amigo me habló del proyecto y como estaba buscando un cambio, mudarme de Dublín, de la vida en la ciudad, decidí mudarme”. “Siempre me había molestado mucho que en los pueblos no pasen cosas, que no haya trabajo y que tengamos que marcharnos”. The Ludgate Hub ha atraído la atención de empresas tecnológicas afincadas en Dublín como Google, que convoca a sus trabajadores para cursos y seminarios en estas instalaciones, afincadas en un entorno idílico. “Por las mañanas nos levantamos y cogemos un café para llevar y tomar juntos”, relata el irlandés, “y al final del día decidimos si queremos irnos a navegar o a hacer senderismo, ¿a que eso no lo tienes en la ciudad?”.

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